jueves, 28 de abril de 2016

Cucusemi XVII

Meloneando entre horas

Capítulo decimoséptimo: ...el ultimo verano...

Un día mientras andábamos con la rutina de lavar y empaquetar limones oímos por la radio el famoso intento de golpe de estado del 23F. Pasamos toda la mañana más atentos de las noticias que del trabajo y al mediodía volví a casa bastante acojonado pensando que debía librarme de las revistas que entonces compraba: el jueves, algunas de desnudos que ya ni recuerdo el nombre, el papus... Si el golpe tuviese éxito se convertirían en ediciones prohibidas y no era cosa de tenerlas muy a la vista, por suerte todo quedó en un susto y pronto la recién estrenada democracia siguió adelante.

No se estaba del todo mal en este almacén pero se echaban muchas horas y los jefes eran unos rácanos que te descontaban horas de sueldo en cuanto te dabas la vuelta. Un día uno de los dueños, mientras aparcaba su coche, golpeó mi moto que estaba en un rincón de la nave, el coche no se arañó siquiera pero mi rieju quedó muy maltrecha y el cabrito se negaba a pagarme la reparación. Después de varios días protestando y dándole la vara conseguí que me pagara una parte pero a cambio quería que viniese los domingos a limpiar las oficinas durante una hora que me pagaría a precio de almacén, es decir 125 pesetas; le dije que sí, cogí las dosmil pesetas que me ofrecía por parte del arreglo de la motocicleta y no volví a aparecer por allí nunca más.

Antes que se corriera la voz de que había dejado así el almacén busque trabajo en otro, el que llamábamos “de los Cánovas”. Aparte que estaba mejor organizado pagaban un poco más y mejor y encima ¡me dieron de alta en la seguridad social!
Trabajábamos mayormente melones y el ritmo era similar: descargar camiones echar los frutos en la maquina que los lavaba y recoger los que las mujeres empaquetaban para montar los palés y cargar en camiones otra vez. Solo estuve media temporada pero me fue bien e hice buenas amistades y si me descuido hasta me echo novia entre alguna compañera de trabajo pero, como ni entraba en mis planes y tampoco debía ser para mí, simplemente quedo la cosa en alguna salida nocturna por las discotecas del pueblo, unas veces en la Pagodas otras en la Alkazar; unos bailes, unas risas, diversión adolescente y poco más, que tampoco es lugar ni momento para interiorizar en intimidades.

Ahora que nombro las discotecas ¡que bonitas eran!
La Pagodas, elegante como las buenas discos de entonces tenia una pista cubierta donde ponían música disco y un amplio espacio con sillones donde las parejas hacían manitas, en el patio tenia otra pista al aire libre donde solían poner música mas pachanguera. En ambas pistas había su momento de música lenta: baladas y canciones para enamorados que también servían para romper el hielo y ligar.
La Alkazar, la mejor instalación para mi gusto, tenia dos pistas interiores con música diferente, una de ellas rodeada de barrotes parecía una jaula, la otra pista ademas de ser más grade tenia un pequeño escenario donde de vez en cuando tocaba algún grupo de moda. También tenia un patio donde hacían barbacoa y hamburguesas para reponer fuerzas y junto a la pista pequeña había un reservado con una gran pantalla de video y sillones donde las parejas se refugiaban para sus cosillas.
Y la Búho en un patio con su única pista redonda delimitada por cuatro postes donde se habían enroscado unas parras era un jardín donde se podía beber y bailar hasta la madrugada; con el tiempo se llegaría a convertir en un referente de la marcha nocturna pero por aquel entonces no parecía gran cosa ni que tuviese futuro.
Eran discotecas como debieran ser todas las discotecas del mundo, con sus luces de colores, su bola de espejos y sus barras donde podías tomar cualquier combinado o refresco a buen precio y ademas servían para ligar ya que fuera de las pistas de baile había muchos rincones donde el volumen de la música no estorbaba para conversar. Y cada cierto rato un momento de lentas para animar a los que vienen en solitario. Lastima que de estos locales solo quede el recuerdo, el tiempo y las nuevas modas las hicieron desaparecer de la vista pero no del corazón.

En fin, continuando con mi historia, se acercaba el verano y el trabajo en los almacenes era escaso, ahora se precisaba más personal en los campos así que me incorporé a una cuadrilla de cargadores de camiones, un trabajo duro para mi escaso cuerpo pero se podía ganar en un día casi lo mismo que en el almacén en una semana.
Duro sí pero también divertido, la cuadrilla la formábamos cinco personas: Angel, que era el único adulto, mis amigos Pencho, Sopas, Carlos y yo mismo -Cucusemi para ustedes. Trabajo de sol a sol que consistía en ir al campo correspondiente y llenar y cargar las cajas de frutos recolectados en camiones, cobrábamos cinco mil pesetas por un trailer o camión grande de tres ejes y tres mil por un camión pequeño, de media hacíamos uno o dos camiones grandes al día y a veces hasta tres, si el camión era pequeño solo íbamos dos a la carga aunque a veces nos tocó ir a uno solo. La dinámica era simple, a las seis de la mañana llegábamos a casa de Pepe el encargado de repartir las cuadrillas y nos asignaba el destino, ya estaba programado que el camionero pasase por el pueblo para recogernos, entonces nos acomodábamos entre los cientos de cajas vacías que portaba y partíamos hacia el campo que tocara. Allí descargamos las cajas las llenamos de melones y vuelta a cargar en el camión o camiones si tocaba varios.
La vuelta era más complicada pues casi siempre el camionero nos dejaba a algunos kilómetros del pueblo para no desviarse mucho de su ruta y ese tramo nos tocaba hacerlo andando, por suerte en aquellos tiempos la gente era más confiada y haciendo auto-stop nos ahorrábamos la caminata.

Esta forma de trabajar y viajar nos reportó muchas anécdotas y singulares amistades, un día nos paró un viejo verde más gay que un palomo cojo, como suele decirse, casi nos damos cuenta al verlo conducir medio desnudo con un minúsculo tanga pero para un coche que para no vamos a andar con remilgos, eso sí al que le tocó sentarse delante, y no voy a decir quien fue, acabó con la rodilla más sobada que la barra del metro y con tantos nervios que no atinaba a ponerse el cinturón de seguridad.
- ¡Ay corazón lo que quieres es que te lo ponga yo! -decía el sarasa mientras a los de atrás se nos saltaban las lágrimas de la risa.
No pasó de ahí la cosa pero aún nos desternillamos recordándolo.

Y así pasó aquel verano, entre camiones, campos y melones hasta que llegó septiembre y mi vida empezó a dar el vuelco que yo tanto ansiaba pero eso queridos lectores, ya lo sabéis, es para otro capítulo.





viernes, 29 de enero de 2016

Animalitos del Mar Menor

Paseando por la playa de Los Alcázares puedes encontrarte con muchos personajes típicos:  caminantes, deportistas aficionados y de élite, algún famosillo y una variada fauna.

Hoy os dejo una pequeña muestra de los animalitos más simpáticos que puedes ver, unos solo nos visitan en invierno y otros conviven todo el año en nuestro precioso pueblo.

Picoteando por la orilla en solitario el Archibebe. 

 Las graciosas ardillas corriendo y trepando por las palmeras.

Arenaria Vuelvepiedras, casi siempre en parejas o grupos pequeños.

También solitarios los cangrejos son visibles temprano muy cerca de la orilla.

 Las caracolas bien integradas en su entorno con su lento andar.

Cormoranes, los reyes del invierno volando en bandadas o posados en las piedras con sus alas desplegadas buscando cada rayo de sol son los más madrugadores, conforme avanza la mañana son más difíciles de ver.

 Garzas comunes, elegancia a cada paso.

 También alguna garza real se deja ver de vez en cuando

 No pueden faltar las gaviotas presentes todo el año

 Gorriones, perennes residentes

 Denostadas medusas tan preciosas como peligrosas si las tocas.

 Patos silvestres que nos visitan en los meses más fríos.

 El pez aguja, cada vez más difícil de observar por su escasez.

 Tórtolas que buscan cualquier grano para desayunar.

 Y el rey del camuflaje, este pez que nosotros llamamos zorro.


Esto solo es una pequeña exposición, dentro de poco la ampliare con más ejemplares.

jueves, 29 de octubre de 2015

Cucusemi XVI

La estrategia del pasado mañana

Capítulo décimo sexto: preparando el futuro.


Una vez dejado el taller ya no valían escusas, tenia que hacer dinero y estudiar si quería presentarme a la Marina. Lo primero: trabajar. Y empecé por un local cercano a casa donde se preparaban ramos de espigas secas para enviarlos al tinte que después se usarían en floristerías.


No parecía un trabajo complicado: separar las espigas por tamaños, limpiar el tallo de hojas y agruparlas en ramilletes de diez unidades sin romper ninguna. Pero era una tarea sucia y mal pagada, las briznas se metían por la ropa y te producían continuos picores; pagaban a dos pesetas el ramo y trabajando a buen ritmo podías sacar hasta doscientas pesetas al día, mucho menos que en el campo o los almacenes de fruta, quizá por eso la plantilla era muy cambiante y yo no tardé más de dos meses en cambiar de sitio. 
 

De las flores secas pasé a un almacén de procesado de naranjas y limones, trabajo más duro pero mejor pagado. A mí por ser joven y en teoría aprendiz me daban el sueldo de las mujeres, 125 pesetas la hora, pero eso estaba asumido por todos en aquella época y no era un problema, todos trabajábamos lo mismo pero los hombres cobraban veinticinco pesetas más a la hora. Y por supuesto sin seguro, solo si tenias un accidente te hacían contrato con fecha del día anterior.


Comenzábamos a las ocho de la mañana aunque yo llegaba a las siete para ayudar a Paco el encargado a guardar los perros y limpiar todas las cacas que estos habían dejado, no me pagaban más por ello pero a cambio podía coger las frutas que quisiera para llevarme a casa ya que no me veía nadie, eran dos perros de tamaño medio: Sultán que de lejos parecía un pastor alemán y Chispa una hembra negra como el carbón, mezclas de siete razas y con la única habilidad de ensuciar de una manera increíble, por la noche quedaban sueltos por el interior haciendo de vigilantes y cuando llegábamos los trabajadores se ataban en el exterior junto a un sombraje hecho para ellos; yo me encargaba de ponerles agua y comida, mayormente sobras que aportaban entre todos a lo mejor por eso me querían tanto, y aunque eran incapaces de morder a nadie montaban un escándalo ladrando terrible y como cagaban los muy…


Ademas me encargaba de limpiar las maquinas al cierre, que no tenia hora fija, unas veces terminábamos temprano sobre las ocho de la tarde y otras había que sacar los palés para la carga de un camión y no era raro terminar bien entrada la noche.


Y la rutina diaria, volcar las cajas de frutas en la maquina que las limpiaba, abrillantaba y separaba por tamaños, las mujeres las empaquetaban en cajas de madera y pasaban a una cinta de transporte donde las recogíamos y colocábamos sobre palés para su carga en camiones; cuatro adolescentes nos turnábamos en este trabajo mientras los mayores se encargaban de la carga y descarga con las fenwic.


Cuando el trabajo en el almacén era más escaso me iba con las cuadrillas de recolección, seis o siete hombres acurrucados en la caja de un camión hasta el campo donde cogíamos una a una cada pieza de fruta del árbol, ahí desarrollé cierta habilidad para encaramarme entre las ramas de los naranjos y limoneros para coger las piezas más altas. También aprendí a tomar nota de todas las horas trabajadas pues los jefes tenían la rácana costumbre de no sumar alguna diaria y a la hora de cobrar la quincena siempre faltaban tres o cuatro horas del salario.


Se ganaba dinero a base de muchas horas de trabajo pero iba por temporadas y no duraba más de dos meses, en cuanto pasaba la temporada de una fruta había que cambiar de almacén y eso hice cuando llegó el momento.



Entre fruta y campo aun quedaban ratos libres, después de las comidas, por la noche antes de dormir y los domingos; estos ratos los aprovechaba para estudiar algo con vista a presentarme a la Marina, no tenía mucha base en que apoyar mi estudio pero sabia que el examen de ingreso consistía en varios test de cultura general y rapidez mental así que me hice con una buen surtido de revistas de crucigramas y leía cualquier cosa que cayese en mis manos lo mismo daba un libro que una novela de bolsillo, un periódico o un prospecto, todo vale para aprender a leer con rapidez y conocer las palabras con sus tildes, sus haches y por absurda que parezca siempre tiene referencias históricas o geográficas que se quedan en la cabeza; para matemáticas y física repasaba mis libros de octavo de EGB a los que tan poco caso hice en su día. Las pruebas físicas no me preocupaban pues tenia agilidad y buena forma, esperaba poder superarlas sin problema. No parece un buen plan de estudios pero ni tenia tiempo para empezar otro mejor, ni dinero para pagarme clases particulares.



Y llegó el día del examen allá por el mes de febrero, así que después de madrugar y tomar un desayuno cogí el autobús destino a Cartagena, al Cuartel de Instrucción donde eran las pruebas. Allí coincidimos un nutrido surtido de jóvenes con tantos orígenes y motivaciones diferentes que se necesitarían varios libros para describirlos, desde universitarios que no avanzaban en su carrera hasta casi ignorantes como yo cada uno con sus propios temores e ilusiones.


Cuarenta muchachos, cuarenta pupitres, cuarenta lapices y otros tantos folletos de examen con su correspondiente hoja de respuestas formábamos cada grupo y nos pusimos manos, y mente, a la obra.



-Lean con atención las preguntas, marquen la respuesta en la hojilla, si tienen  alguna duda levanten la mano, a quien se pille copiando será expulsado del aula y no contara su ejercicio para la nota. Tienen dos horas para terminar.



Esta letanía la repetia al comienzo de cada prueba uno los jueces, con voz automática y casi sin emoción, como si no le importara.



- ¿Alguna pregunta? ¡Pueden empezar!



Primera prueba: test de agilidad mental, que número sigue en la serie, que ficha de dominó falta etc. y así hasta cien preguntas. A los veinte minutos ya había terminado, entregue mi hoja y a esperar. Siguieron el resto de exámenes, matemáticas, cultura general, gramática y ortografía. Dos por la mañana y otros dos por la tarde, hasta me dio tiempo a coger el bus de vuelta a casa antes de cenar. Mañana sería el turno del reconocimiento medico y las pruebas físicas.




Al día siguiente la primera sorpresa, las pruebas físicas solo las tendrán que hacer los que aprueben los test. Así que todos al hospital de Marina a reconocimiento medico.


Más de cien muchachos en cola pasamos por una serie de consultas donde entre unos cuantos médicos militares y algunas monjas enfermeras nos hicieron radiografías y controles a toda prisa, una muestra de orina, otra de sangre, comprobar que no teníamos los pies planos y ya está.



- Pueden irse a casa, ya recibirán una carta con los resultados de su oposición.



Bueno, ahora toca ir para casa a seguir trabajando y a esperar.




Tiempo después llegaron los resultados pero de ellos ya hablaré en su capitulo correspondiente pues hasta entonces todavía ocurrieron muchas cosas interesantes.






domingo, 24 de mayo de 2015

Cucusemi XV

¿Pájaro en mano o pájaro volando?

Capitulo decimoquinto: las decisiones que cambian el rumbo.


Y pasaban los días, uno tras otro; entre cambios de aceite, lavado de coches, que si desmonta por aquí y monta por allá. En los ratos libres jugando con los pájaros o salía a correr al anochecer por los caminos entre campos de cultivo, aunque esto último tuve que dejar de hacerlo pues los vecinos que me cruzaba se empeñaban en traerme de vuelta en sus vehículos.

- ¿que haces por aquí? Sube que te llevo.
- no gracias, es que me gusta salir a correr.
- correr por correr, tu estas pallá que te va a dar algo...

Y así casi todos los días, hasta que alguien inventó la palabra footing y se puso de moda no hubo forma de practicar este deporte con tranquilidad.

Una vez Padrino me regaló una pareja de tórtolas ya que cuando que entraba a la jaula con los pájaros se me ponían en el hombro y se dejaban coger. 
 
No era algo raro, muchas veces entraba a llenarles los comederos y abrir el grifo de la fuente para que se renovara el agua entonces cogía un puñado de alpiste y me quedaba quieto con la mano extendida; al poco los periquitos, mas atrevidos, venían a comer de mi mano después los canarios y los mandarines tropicales que no llegaban a posarse del todo, cogían los granos y se los comían en otro sitio. Las tórtolas, como he dicho, se me posaban en el hombro y esperaban que le acercara la mano. La menos simpática fue la cacatúa blanca, se posaba en el brazo pero con fuerza y me clavaba las uñas y más de un picotazo me dio al tiempo que cogía la comida.

Llevé la parejita a casa y Papá les construyó una gran jaula de madera de casi un metro de largo por medio de alto con el frente cubierto de rejilla metálica; pronto hicieron nido dentro y tuvieron dos pichones pero estos no sobrevivieron más de un mes, alguien me dijo que porque la jaula era demasiado pequeña para criar y los padres dejaban de alimentar a las crías, esto no me gustaba nada y terminé vendiéndoselas a un amigo que también tenia una habitación convertida en jaula por quinientas pesetas.

Aprendí muchas cosas en aquella época además de mecánica, entre ellas a mover los coches -que no es lo mismo que conducir. Primero manejando el volante de aquellos que no se podían arrancar, como era el que menos pesaba me ponían al volante mientras otros empujaban para meterlos al taller: gira a la derecha, todo recto, un poco hacia allá, frena ¡listo! siguiendo las instrucciones era fácil. Un día hubo que ir a recoger un seiscientos del pueblo, lo amarramos con una cuerda al parachoques trasero del 1500 para remolcarlo, fue lo más parecido a conducir que había hecho hasta entonces y de la emoción casi lo saco del camino por el lado izquierdo. Poco a poco fui aprendiendo y cogiéndole el truquillo al asunto hasta que me atrevía a meter y aparcar coches en el taller.

Por aquella a mi primo le tocó hacer la mili, eso me dio más protagonismo y responsabilidad cuando aún era un aprendiz algo aventajado, sabia desmontar y montar pero un cero a la izquierda en diagnosticar averiás, suerte que la hizo en Cartagena y casi todos los días y fines de semana venia a casa.
Una noche se presento en el taller con varios compañeros y mandos, resulta que estaban de maniobras en el campo cercano de el Carmolí y se les rompió una trasmisión de un camión y entre todos conseguimos repararla en un par de horas y así su compañía pudo continuar al día siguiente como si nada hubiese pasado, todos contentos y mi primo se ganó una semana de permiso.

También pasaron cosas tristes, tía Fina se puso enferma y murió en pocos días. Difícil llenar el vacío que deja alguien que se va para siempre, pero es ley de vida y hay que continuar por más que duela.

Continuamos con nuestras vidas y yo empecé a pensar en como iba la mía. Había dejado el pueblo pero no era esto lo que buscaba, no es que no me gustase, es que quería más. Me imaginaba dentro de unos años como un gran mecánico, quizá con mi propio taller, pero algo en mi interior me decía que no era suficiente. Una noche mientras cepillábamos a los ponis hable con Padrino y le dije que me iba a ir del taller en poco tiempo, mi mente estaba puesta en ver mundo y me llamaba la atención el anuncio que salia en la tele:

- ¡muchacho la Marina te llama!

Ver mundo y buen sueldo fijo. Solo tenia una pega, de aquella, los dos primeros años el sueldo es casi de risa por lo que si me voy a meter en este fregado necesito ahorrar lo suficiente para pasar dos años medio bien y para eso lo más rápido era trabajar a destajo en el campo o en los almacenes de envasado de frutas que por aquí tenemos bastantes, muchas horas diarias de trabajo y poco tiempo libre para poder gastar.

No gustó la idea a Padrino ni a Papá pero aceptaron mi decisión. A partir de entonces la meta estaba más clara y las cosas sucederían rápido pero eso ya os lo contaré en otros capítulos.



domingo, 10 de mayo de 2015

Mesa dulce con sabor culé

Una muestra de la mesa dulce que le hicimos a mi sobrina y ahijada el día de su primera comunión.

Tiene temática culé por su afición al F.C. Barcelona, aunque yo sea más del Atlético de Madrid pero la niña se lo merece y le hemos montado una mesa de chuches y golosinas para que disfrute con sus amigos y familiares en este día tan especial para ella.

Y sin más comentarios aquí va una muestra del resultado:

vista de la mesa

brochetas de gominolas personalizadas

todo un estadio para disfrutar

detalle del campo de futbol más dulce

escudo de su club favorito

galletas y bombones caseros

área de juego para comerse al contrario

así quedó el campo tras el terremoto infantil

Mucho trabajo y mucha ilusión que se ven recompensados al ver la cara de los niños (y los mayores)
Corcho, goma-eva e imaginación y ganas de disfrutar haciéndolo es lo único que se necesita.

viernes, 6 de marzo de 2015

Cucusemi XIV

A aprender se aprende aprendiendo. 

  Capitulo decimocuarto. Cucusemi aprende lo que no está escrito.
 
 
En el taller, aparte de reparaciones, teníamos nuestros propios inventos. No es que diseñáramos algo magistral y novedoso, pero podíamos construir y mejorar cualquier cosa que se nos ocurriera; digo “nos” porque yo participaba al tiempo que aprendía en todos los proyectos: ¿que se necesita un soporte especifico para un trabajo? ¡pues se hace! Que para eso tenemos herramientas e imaginación.

Uno de los “inventos” fue hacer un carro de varas para los ponis, un carro como los antiguos, como el que tuvo mi abuelo, al que no conocí, para hacer portes; hecho a base de los recuerdos de Papá y Padrino y con todos los detalles.

Las ruedas recuperadas de desguace y reparadas a la antigua usanza, madera la que hiciese falta y las ballestas de suspensión recicladas de algún seiscientos que ya no admitía más reparaciones, hasta un viejo artesano del esparto, amigo de la familia, tejió unas esterillas para vestir el interior del carro. Cada elemento se hizo adrede y a escala desde la más pequeña cuña de madera hasta las cinchas y riendas de cuero. Quedó de maravilla y durante muchos años fue la principal atracción de las fiestas del pueblo con Padrino y mis primos ataviados de época y el carruaje bien engalanado para las ocasiones.

Lástima que, de aquella, las fotografías eran caras y escasas las cámaras domesticas por lo que han sobrevivido pocos recuerdos gráficos. Pero aún lo recuerdo bien: Padrino con su traje oscuro de los domingos y sombrero sentado en la vara manejando las riendas y el carro lleno de niños disfrutando del paseo, Luna entre las perchas y Lucero, orgulloso, delante mostrando su porte y sintiéndose protagonista con sus cabezales ornados de cascabeles y claveles y las crines trenzadas con lazos de colores, todo un espectáculo y un regalo para los privilegiados ojos de los asistentes.

Otra especialidad de la casa era cambiar los motores de gasolina por diésel; tiempos difíciles donde todo ahorro era poco y muchos vecinos adquirían motores diésel Perkins de segunda mano y se lo sustituíamos por el de gasolina que llevara el coche, sobre todo en los SEAT 1430 y 124 que se adaptaban muy bien o los 1500 donde incluso cambiamos la caja de cambios para poner palanca en el centro ya que muchos de estos modelos traían el cambio en el volante y a muchos les parecía anticuado.

Padrino también compraba algunas veces algún coche listo para desguace a precio de chatarra que tuviese la documentación en regla, se desmontaba entero y se reparaba hasta dejarlo casi nuevo aprovechando los momentos de poco trabajo en el taller, una vez montado se vendía a buen precio. Cuarenta años después vino una moda parecida de América así que podemos considerarnos pioneros del tuning y el vintage, que dicho así parece más estupendo.

Esto me gustaba mucho ya que en el desmontaje me dejaban solo (total si rompía algo se iba a notar poco) y no había prisa, por lo que podía entretenerme más de la cuenta y aplicar mi ingenio cuando fuese preciso. 
 
El ultimo de estos en el que trabajé fue un dos caballos. Un vetusto y destartalado citroen dos caballos (por cierto en contra de lo que mucha gente cree no se llama así por su potencia si no porque cuando empezaron a fabricarlo, después de la segunda guerra mundial, se comercializó con el eslogan que hacia el mismo trabajo de dos caballos y costaba mucho menos) como decía, un amasijo de oxido lleno de mugre y barro de siete mil caminos. Padrino lo compró por siete mil pesetas, poco más de mi sueldo semanal, se quedó en un rincón del taller y poco a poco, sin prisa pero sin pausa, se desmontó hasta la ultima pieza y después se volvió a montar hasta dejarlo como nuevo; una buena capa de pintura al estilo charlestón y fue el coche de casa hasta que le salió un buen comprador.

Lunes, martes...viernes y llegaba el sábado, este día casi lo dedicaba a lavar coches: una buena cepillada y bayeta húmeda a todo el interior; por fuera manguera y esponja con jabón liquido, un buen aclarado, secado con la balleta de piel y listo. Veinte duros, propina aparte.

Que buen invento el de la propina, sobre todo cuando te la dan a ti. Las propinas del lavadero las repartíamos a partes iguales entre los aprendices y mi prima y ese dinero lo usaba para mis caprichos, normalmente algún tebeo que compraba en el quiosco de la plaza mientras esperaba al autobús los sábados al medio día: Rahan el hijo de los albores del tiempo, Pif y Hércules con su juguete de regalo que luego servia para poco, algunas aventuras Mickey mouse con Donald y sus sobrinitos que después se convertirían en los jóvenes castores o del tío Gilito y los apandadores que nunca conseguían robarle un centavo. Algo de suelto sobraba para convidarme el domingo en el pueblo con los amigos en la cafetería Granyena mientras hacíamos unas partidas de cartas, ajedrez o un billar de los de carambolas.

Cuando hacia buen tiempo en vez del autobús me iba en bicicleta. Incluso llegue a tener una moto para desplazarme, una rieju de 49 cc que compró Papá por cinco mil pesetas pero tan pasada de kilómetros que me aportó más experiencias como mecánico que paseos. 
 

Pasaban los días y pasa este capitulo así que, queridos lectores tened paciencia que pronto volverán mis aventuras.

martes, 11 de noviembre de 2014

el cuento de nunca jamas (debió ocurrir)

... para quien no lo entienda he dibujado un plano.

   Se trata de un carro tirado por dos borricos, para que el carro avance las dos bestias deben tirar en el sentido de la flecha, es decir "adelante".

   Si el burrito de la derecha va hacia la derecha y el de la izquierda hacia su propio lado los vectores de fuerza se anulan y el carro además de no avanzar se puede romper. 

Cuando el terreno es llano o con ligera pendiente descendente es bueno que descanse alguno de los jamelgos, entonces se le desengancha de la vara y se amarra atras. Es necesario relevar en estos puestos  a ambos burrillos para que no se canse uno más que el otro. Hay que tener especial cuidado en este caso pues el burro que queda solo suele tener tendencia a desviarse hacia su lado y si no le corregimos a tiempo tomará el camino incorrecto.

   Si el camino se vuelve cuesta arriba se ponen los dos rocines a la par y si es necesario los  pasajeros más fuertes se bajan y ayudan empujando; los menos capacitados para ayudar deben colaborar distribuyendo su peso en el carro para mantener el equilibrio. No hay que dejar que el más débil empuje pues por mucho afán que ponga lo más seguro es que entorpezca  y nos retrase en el camino.

   Y por fin una vez llegado a nuestro destino dejar retozar a los borricos un poco entre la hierba fresca mientras los ocupantes nos encargamos de preparar el carro para el siguiente viaje.

   Y así termina o, mejor dicho, queda en pausa este cuento metáfora y la moraleja que la encuentre cada uno según sea carro, borrico o pasajero... 

lunes, 9 de junio de 2014

una charla con el señor Donhoyo

Es mi pueblo, y como todos los pueblos tiene su encanto.
Es mi calle, una calle de pueblo con sus más y sus menos y tan encantadora como lo somos los vecinos.
Mi calle esta plagada de personajes singulares a los que todos tenemos un gran respeto y cariño, quizá sea yo uno de ellos sin darme cuenta pero como soy quien narra la historia diré que los peculiares son los demás.

Uno de estos personajes tan querido es Donhoyo, para los más allegados "el tío Cachobache" aunque algunos, con algo de sorna le llaman "don socavón", seguramente por su carácter bonachón.

Conocí a Donhoyo al poco de mudarme a este barrio, el primer encuentro fue algo desastroso para mi ya que terminé con un esquince de tobillo, situación que a menudo recordamos juntos con una sonrisa y bromeando sobre el incidente. Esta tarde, sin ir más lejos, estuvimos departiendo un buen rato al fresquito de la suave brisa de levante.

Donoyo- ¡Hombre make! ¿como va todo?

yo-  todo bien Don...Si no entramos en detalles todo va bien.

Donoyo- tu siempre tan gracioso.

Yo- parece que mejora el tiempo, dice la tele que el verano ya está aquí.

Donhoyo- no te fíes de la tele, solo aciertan de Madrid "parriba". De todas formas ya está bien que venga algo de calor que con la humedad de la noche me lleno de agua y ya no está uno pa estos trotes.

Yo- el otro día coincidí con el alcalde en una fiesta y me dijo que te van a cubrir con una capa nueva de asfalto, así sufrirás menos humedades.

Donhoyo- ¿El alcalde? cinco alcaldes he conocido yo y todos me han dicho lo mismo, pero a la hora de la verdad el asfalto siempre se va a calles mas céntricas. Además ¿si me cubren quien va a recoger el agua para que los gorriones se den su baño matinal? ¿acaso van a ponerles a los pajarillos una piscina municipal?

Yo- ya, pero  te haces mayor y necesitas un arreglo ¿no crees?

Donhoyo- ¡no me recuerdes que soy viejo leñe! que aun tengo fuerzas para hacerte otro esquince. 

Yo- no te enfades Don, si solo me alegro por que te cuiden, sabes que te aprecio.

Donhoyo- ya lo se, no creas que no me doy cuenta de como aparcas con cuidado de no pisarme y te lo agradezco ¡no como los jóvenes que vienen sin mirar como si toda la calle fuese suya y me dan cada viaje con las llantas! Escucha, el otro día paso un nene a "to trapo" y casi le reviento la rueda, se me escapó por los pelos.

Yo- no seas borde ¿acaso no fuiste joven y también eras imprudente?

Donhoyo- joven... joven y más gamberro que todos los de ahora juntos pero siempre he respetado a los demás, sobre todo si eran mayores que yo ¿ahora? ahora te pisan y casi tienes que pedir perdón tu.

Tienes mucha razón -pensé y murmuré- y con desganado gesto y un hasta luego seguí con mis quehaceres y dejé a Don jugando con uno de los muchos gatitos callejeros  que pululan por la calle, mi calle de mi pueblo, tan encantadora como los personajes que en ella vivimos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Cucusemi XIII

Una puesta en situación.

 Capitulo decimotercero: así era el taller y la vida de Cucusemi en él.


Ya había estado otras veces en el taller de mi padrino pero no fui consciente de sus dimensiones y peculiaridades hasta que fui a vivir allí.

Parecía – y seguro que fue así- la unión de varias casas viejas que daban a tres calles. Una parte se destinaba a vivienda: a un lado tres dormitorios y un salón comedor, a continuación una pequeña cocina con una escalera que subía a otra habitación en la terraza, desde aquí se pasaba por una puerta a un patio donde estaba el baño y al taller en sí; por otra puerta un poco más a la derecha se pasaba a un recibidor que tenia acceso de la calle y que hacia las veces de sala de estar, desde el recibidor se accedía a otro dormitorio que era el que ocupábamos mi primo y yo.

    La parte del taller se correspondía con los patios de las casas que se hallaban cubiertos con una estructura de vigas de hierro y chapas de uralita y dividido en dos secciones, la primera -vista desde la casa- donde se podía meter hasta una furgoneta grande era el lavadero, allí se lavaban los coches a mano, trabajo que solía realizar mi prima o los aprendices que estábamos en el taller.

   La otra sección era el taller de reparaciones y -bien aparcados- se podían meter hasta seis turismos sin mucha complicación, cada zona tenia su propia puerta a la calle y se podía pasar de una a otra conduciendo sin necesidad de ser un virtuoso del volante.

   A continuación otro patio y la parte más divertida del lugar: con rejilla metálica se había montado una jaula enorme, casi del tamaño de uno de los dormitorios, en el centro una fuente de agua y un limonero y  ocupando su propio espacio muchos pájaros: tropicales mandarines, periquitos, canarios, una cacatúa blanca con muy mala leche, una pareja de faisanes, otro par de gallinas cluecas, algunas tórtolas y seguro que olvido alguno.

   Cerrando el solar una cuadra con varias jaulas para conejos y mis favoritos: los ponis Luna y Lucero de los que contaré algo más adelante.

   El taller tenia prácticamente todo lo necesario para cualquier reparación sobre un vehículo: desde el foso para trabajos desde abajo –Padrino contaba con orgullo como lo habían escabado a pico y pala- a herramientas que yo entonces desconocía pero que no tardé en aprender su manejo, desde soldadores eléctricos y autógenos a diferentes ingenios hidráulicos que hacían el trabajo algo más divertido y cómodo.

Ya el primer día Padrino me hizo encargo del uso de una de las herramientas más importantes.

      - Hay dos herramientas que no pueden faltar nunca
        en ningún taller -decía- y son: la escoba y el martillo.

   Como martillos hay muchos y cada uno es para una cosa lo mejor es empezar por la escoba porque, aunque hay varios modelos, todas se manipulan igual.

   Y así comencé mi vida como mecánico mirando, barriendo, limpiando piezas y recogiendo herramientas tras cada trabajo.

En pocos días ya colaboraba en los desmontajes bajo la atenta mirada de mi primo y de Padrino, al principio me decían:

     - quítate este tornillo este otro y aquel de más atrás.

   Y allá iba yo con toda la ilusión probando una llave tras otra hasta que mi ojo se hizo experto en calcular el tamaño justo de cada tuerca. Poco después ya era:

     - quítate esta pieza y aquella.

   En pocos meses ya era todo un buen aprendiz y ya la cosa molaba más:

     - al seiscientos del Pepenicos, empieza a sacarle el motor.

   Así pasaban los días, entre los seat 124 y 1430, los seiscientos, los renault 4 latas, citroen 2 caballos y diane 6 y tantos coches de la época.  

   Padrino se levantaba temprano, antes de las siete, y atendía a los animales. Sobre las ocho la tita Fina nos despertaba a los demás con el desayuno ya preparado: café, leche, galletas, bizcocho, pan... había que coger fuerzas para empezar el día con alegría y la tita era una experta en ello.

   Supervitaminados y supermineralizados a base de bien como decía el superratón empezábamos la jornada. En primer lugar hacer sitio para trabajar sacando a la calle algunos coches, ya que por la noche se guardaban dentro todos los posibles -dicen que el tetris lo invento un ruso pero seguro que se inspiró en la forma de guardar los autos en el taller, no quedaba ni un solo centímetro desaprovechado- seguíamos a continuación cada uno a su tajo y a reparar lo reparable. A media mañana parada para el almuerzo, en plan “señor” a mesa puesta y con viandas para coger fuerzas, lo mismo un filete a la plancha acompañado de embutidos variados que un buen bocadillo de dos palmos bien cargadito por dentro, mis favoritos: el de mejillones con chocolate y el de morcilla de cebolla. De acompañamiento una cerveza o un buen vaso de vino.

   Que buen vino tenia Padrino, lo compraba a granel y lo guardaba en un barril de madera de unas dos arrobas, entre consume y rellena el barrilico crío una madre que dejaba el vino digno de la mejor mesa, que era por supuesto la de la tita Fina.

   Vuelta al trabajo, otra parada para comer, una hora de siesta y seguir el ritmo hasta poco antes de la cena. Después de cenar cada uno a su tarea particular, mis primos a atender a sus respectivos novios, yo a estudiar, Padrino a atender a los animales y aún quedaba tiempo antes de irnos a la cama para ver la televisión o echar unas manos a las cartas entre nosotros y algunos vecinos que venían adrede para la partida, ya fuera al chinchón o al subastao. A duro la mano y peseta el reenganche se hacia la hora de dormir.

   Esta era la rutina desde el lunes por la mañana que tomaba el autobús para ir al taller hasta el sábado a medio día que volvía a casa a pasar el fin de semana.
   Antes de ir a coger el bus Padrino me daba cinco mil pesetas, el bolsillo me ardía hasta llegar a casa y dárselas a mama y yo me sentía más hombre todavía: tengo un oficio y aporto dinero a casa ya solo me falta mejorar para dejar de ser aprendiz y convertirme en un mecánico de verdad.

   Mi vida en el taller pronto se lleno de anécdotas divertidas, unas más que otras, y me enseñó a desenvolverme entre dificultades, raro el día que no hubo que improvisar algún apaño o herramienta para solucionar una reparación.
   
   
   Pero eso queridos lectores, como ya sabéis, corresponde a futuros capítulos.



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sábado, 30 de noviembre de 2013

una tarta para ponerse guarro en el postre

Para quien es goloso, si además es divertido se disfruta el doble.

Vimos algo parecido por internet y enseguida Mari Paz se puso manos a la masa para hacer esta tarta, muy adecuada para un cumpleaños.

base de la tarta

 Se trata de una tarta de galletas y chocolate, lo típico: capas sucesivas y alternadas de galletas mojadas en leche y chocolate fundido hasta conseguir el espesor deseado.
Lo divertido es el acabado final simulando una piscina de cerditos disfrutando en su charca ajenos a las miradas de quienes los van a devorar en un pis-pas.

tarta terminada a falta de los detalles
 Para que parezca un barreño se hace la tarta redonda y se cubre el perímetro con chocolatinas antes que el chocolate se enfríe del todo y se sujetan con una cinta hasta que se enfrían y mantienen su postura. No conviene que el chocolate esté muy caliente al poner las chocolatinas pues se derriten estropeando el resultado final, lo mejor es hacer la tarta y al darle la ultima capa de chocolate estar atento para ponerlas y se queden pegadas.


detalle de la decoración
Para los cerditos se puede usar pasta de repostería  o, como hicimos nosotros, nubes de golosina; se calienta unos segundos en el microondas y queda maleable, se le añade azúcar glass y se moldean, después con pintura comestible o colorantes alimentarios se les dan los retoques necesarios. Se hacen por separado las cabezas, las barrigas, culetes y las manitas.

Ya solo queda dejar las figuras sobre la tarta con un poquito de gracia, presentar en la mesa y comerla con avidez...
resultado final

... que aproveche.

domingo, 10 de noviembre de 2013

tarta de pañales

 Un bonito y practico regalo para ese bebé que ha llegado.

La llegada de un bebé es motivo de alegría para la familia y los amigos, todos deseamos aportar un regalo a este diminuto ser que llenará nuestras vidas. Hay regalos típicos para este evento, yo propongo una forma de regalar lo de siempre pero de forma diferente. Una tarta o castillo hecha con pañales y elementos variados para bebés.




Hacer una tarta de pañales es fácil, no se necesita ninguna habilidad especial, solamente un poco de paciencia y comprar los ingredientes necesarios: unos 60 pañales, algunos frascos de productos de higiene, baberos, chupetes, ropa, biberones... hasta donde llegue nuestro presupuesto.

En primer lugar necesitamos un cartón fuerte para hacer la base que a la vez nos sirve de bandeja para luego poder trasportarla sin problemas, lo forramos con papel de regalo para que quede curioso y ya tenemos el soporte. Sobre este iremos montando los pañales por pisos. Montando en forma de pirámide queda muy espectacular.

Los pañales los vamos uniendo en grupos de dos o tres con una goma elástica y un poco de cinta de regalo para formar los "ladrillos" y vamos formando cada piso de la tarta, cada vez que formamos un piso lo sujetamos con una vuelta de cinta para que no se desmorone.

Entre medias de los ladrillos de pañales podemos ir intercalando productos típicos de la ocasión como colonias, ropitas, peluches, etc, lo que le da más valor al regalo. 


Una bonita tarjeta de felicitación para los padres de la criatura y un envoltorio trasparente con unos lazos y a asombrar a todos con el regalo, espectacular a la vista y practico para quien lo recibe.

Bueno, ya no tenéis escusa para quedar bien y por poco dinero.