martes, 11 de noviembre de 2014

el cuento de nunca jamas (debió ocurrir)

... para quien no lo entienda he dibujado un plano.

   Se trata de un carro tirado por dos borricos, para que el carro avance las dos bestias deben tirar en el sentido de la flecha, es decir "adelante".

   Si el burrito de la derecha va hacia la derecha y el de la izquierda hacia su propio lado los vectores de fuerza se anulan y el carro además de no avanzar se puede romper. 

Cuando el terreno es llano o con ligera pendiente descendente es bueno que descanse alguno de los jamelgos, entonces se le desengancha de la vara y se amarra atras. Es necesario relevar en estos puestos  a ambos burrillos para que no se canse uno más que el otro. Hay que tener especial cuidado en este caso pues el burro que queda solo suele tener tendencia a desviarse hacia su lado y si no le corregimos a tiempo tomará el camino incorrecto.

   Si el camino se vuelve cuesta arriba se ponen los dos rocines a la par y si es necesario los  pasajeros más fuertes se bajan y ayudan empujando; los menos capacitados para ayudar deben colaborar distribuyendo su peso en el carro para mantener el equilibrio. No hay que dejar que el más débil empuje pues por mucho afán que ponga lo más seguro es que entorpezca  y nos retrase en el camino.

   Y por fin una vez llegado a nuestro destino dejar retozar a los borricos un poco entre la hierba fresca mientras los ocupantes nos encargamos de preparar el carro para el siguiente viaje.

   Y así termina o, mejor dicho, queda en pausa este cuento metáfora y la moraleja que la encuentre cada uno según sea carro, borrico o pasajero... 

lunes, 9 de junio de 2014

una charla con el señor Donhoyo

Es mi pueblo, y como todos los pueblos tiene su encanto.
Es mi calle, una calle de pueblo con sus más y sus menos y tan encantadora como lo somos los vecinos.
Mi calle esta plagada de personajes singulares a los que todos tenemos un gran respeto y cariño, quizá sea yo uno de ellos sin darme cuenta pero como soy quien narra la historia diré que los peculiares son los demás.

Uno de estos personajes tan querido es Donhoyo, para los más allegados "el tío Cachobache" aunque algunos, con algo de sorna le llaman "don socavón", seguramente por su carácter bonachón.

Conocí a Donhoyo al poco de mudarme a este barrio, el primer encuentro fue algo desastroso para mi ya que terminé con un esquince de tobillo, situación que a menudo recordamos juntos con una sonrisa y bromeando sobre el incidente. Esta tarde, sin ir más lejos, estuvimos departiendo un buen rato al fresquito de la suave brisa de levante.

Donoyo- ¡Hombre make! ¿como va todo?

yo-  todo bien Don...Si no entramos en detalles todo va bien.

Donoyo- tu siempre tan gracioso.

Yo- parece que mejora el tiempo, dice la tele que el verano ya está aquí.

Donhoyo- no te fíes de la tele, solo aciertan de Madrid "parriba". De todas formas ya está bien que venga algo de calor que con la humedad de la noche me lleno de agua y ya no está uno pa estos trotes.

Yo- el otro día coincidí con el alcalde en una fiesta y me dijo que te van a cubrir con una capa nueva de asfalto, así sufrirás menos humedades.

Donhoyo- ¿El alcalde? cinco alcaldes he conocido yo y todos me han dicho lo mismo, pero a la hora de la verdad el asfalto siempre se va a calles mas céntricas. Además ¿si me cubren quien va a recoger el agua para que los gorriones se den su baño matinal? ¿acaso van a ponerles a los pajarillos una piscina municipal?

Yo- ya, pero  te haces mayor y necesitas un arreglo ¿no crees?

Donhoyo- ¡no me recuerdes que soy viejo leñe! que aun tengo fuerzas para hacerte otro esquince. 

Yo- no te enfades Don, si solo me alegro por que te cuiden, sabes que te aprecio.

Donhoyo- ya lo se, no creas que no me doy cuenta de como aparcas con cuidado de no pisarme y te lo agradezco ¡no como los jóvenes que vienen sin mirar como si toda la calle fuese suya y me dan cada viaje con las llantas! Escucha, el otro día paso un nene a "to trapo" y casi le reviento la rueda, se me escapó por los pelos.

Yo- no seas borde ¿acaso no fuiste joven y también eras imprudente?

Donhoyo- joven... joven y más gamberro que todos los de ahora juntos pero siempre he respetado a los demás, sobre todo si eran mayores que yo ¿ahora? ahora te pisan y casi tienes que pedir perdón tu.

Tienes mucha razón -pensé y murmuré- y con desganado gesto y un hasta luego seguí con mis quehaceres y dejé a Don jugando con uno de los muchos gatitos callejeros  que pululan por la calle, mi calle de mi pueblo, tan encantadora como los personajes que en ella vivimos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Cucusemi XIII

Una puesta en situación.

 Capitulo decimotercero: así era el taller y la vida de Cucusemi en él.


Ya había estado otras veces en el taller de mi padrino pero no fui consciente de sus dimensiones y peculiaridades hasta que fui a vivir allí.

Parecía – y seguro que fue así- la unión de varias casas viejas que daban a tres calles. Una parte se destinaba a vivienda: a un lado tres dormitorios y un salón comedor, a continuación una pequeña cocina con una escalera que subía a otra habitación en la terraza, desde aquí se pasaba por una puerta a un patio donde estaba el baño y al taller en sí; por otra puerta un poco más a la derecha se pasaba a un recibidor que tenia acceso de la calle y que hacia las veces de sala de estar, desde el recibidor se accedía a otro dormitorio que era el que ocupábamos mi primo y yo.

    La parte del taller se correspondía con los patios de las casas que se hallaban cubiertos con una estructura de vigas de hierro y chapas de uralita y dividido en dos secciones, la primera -vista desde la casa- donde se podía meter hasta una furgoneta grande era el lavadero, allí se lavaban los coches a mano, trabajo que solía realizar mi prima o los aprendices que estábamos en el taller.

   La otra sección era el taller de reparaciones y -bien aparcados- se podían meter hasta seis turismos sin mucha complicación, cada zona tenia su propia puerta a la calle y se podía pasar de una a otra conduciendo sin necesidad de ser un virtuoso del volante.

   A continuación otro patio y la parte más divertida del lugar: con rejilla metálica se había montado una jaula enorme, casi del tamaño de uno de los dormitorios, en el centro una fuente de agua y un limonero y  ocupando su propio espacio muchos pájaros: tropicales mandarines, periquitos, canarios, una cacatúa blanca con muy mala leche, una pareja de faisanes, otro par de gallinas cluecas, algunas tórtolas y seguro que olvido alguno.

   Cerrando el solar una cuadra con varias jaulas para conejos y mis favoritos: los ponis Luna y Lucero de los que contaré algo más adelante.

   El taller tenia prácticamente todo lo necesario para cualquier reparación sobre un vehículo: desde el foso para trabajos desde abajo –Padrino contaba con orgullo como lo habían escabado a pico y pala- a herramientas que yo entonces desconocía pero que no tardé en aprender su manejo, desde soldadores eléctricos y autógenos a diferentes ingenios hidráulicos que hacían el trabajo algo más divertido y cómodo.

Ya el primer día Padrino me hizo encargo del uso de una de las herramientas más importantes.

      - Hay dos herramientas que no pueden faltar nunca
        en ningún taller -decía- y son: la escoba y el martillo.

   Como martillos hay muchos y cada uno es para una cosa lo mejor es empezar por la escoba porque, aunque hay varios modelos, todas se manipulan igual.

   Y así comencé mi vida como mecánico mirando, barriendo, limpiando piezas y recogiendo herramientas tras cada trabajo.

En pocos días ya colaboraba en los desmontajes bajo la atenta mirada de mi primo y de Padrino, al principio me decían:

     - quítate este tornillo este otro y aquel de más atrás.

   Y allá iba yo con toda la ilusión probando una llave tras otra hasta que mi ojo se hizo experto en calcular el tamaño justo de cada tuerca. Poco después ya era:

     - quítate esta pieza y aquella.

   En pocos meses ya era todo un buen aprendiz y ya la cosa molaba más:

     - al seiscientos del Pepenicos, empieza a sacarle el motor.

   Así pasaban los días, entre los seat 124 y 1430, los seiscientos, los renault 4 latas, citroen 2 caballos y diane 6 y tantos coches de la época.  

   Padrino se levantaba temprano, antes de las siete, y atendía a los animales. Sobre las ocho la tita Fina nos despertaba a los demás con el desayuno ya preparado: café, leche, galletas, bizcocho, pan... había que coger fuerzas para empezar el día con alegría y la tita era una experta en ello.

   Supervitaminados y supermineralizados a base de bien como decía el superratón empezábamos la jornada. En primer lugar hacer sitio para trabajar sacando a la calle algunos coches, ya que por la noche se guardaban dentro todos los posibles -dicen que el tetris lo invento un ruso pero seguro que se inspiró en la forma de guardar los autos en el taller, no quedaba ni un solo centímetro desaprovechado- seguíamos a continuación cada uno a su tajo y a reparar lo reparable. A media mañana parada para el almuerzo, en plan “señor” a mesa puesta y con viandas para coger fuerzas, lo mismo un filete a la plancha acompañado de embutidos variados que un buen bocadillo de dos palmos bien cargadito por dentro, mis favoritos: el de mejillones con chocolate y el de morcilla de cebolla. De acompañamiento una cerveza o un buen vaso de vino.

   Que buen vino tenia Padrino, lo compraba a granel y lo guardaba en un barril de madera de unas dos arrobas, entre consume y rellena el barrilico crío una madre que dejaba el vino digno de la mejor mesa, que era por supuesto la de la tita Fina.

   Vuelta al trabajo, otra parada para comer, una hora de siesta y seguir el ritmo hasta poco antes de la cena. Después de cenar cada uno a su tarea particular, mis primos a atender a sus respectivos novios, yo a estudiar, Padrino a atender a los animales y aún quedaba tiempo antes de irnos a la cama para ver la televisión o echar unas manos a las cartas entre nosotros y algunos vecinos que venían adrede para la partida, ya fuera al chinchón o al subastao. A duro la mano y peseta el reenganche se hacia la hora de dormir.

   Esta era la rutina desde el lunes por la mañana que tomaba el autobús para ir al taller hasta el sábado a medio día que volvía a casa a pasar el fin de semana.
   Antes de ir a coger el bus Padrino me daba cinco mil pesetas, el bolsillo me ardía hasta llegar a casa y dárselas a mama y yo me sentía más hombre todavía: tengo un oficio y aporto dinero a casa ya solo me falta mejorar para dejar de ser aprendiz y convertirme en un mecánico de verdad.

   Mi vida en el taller pronto se lleno de anécdotas divertidas, unas más que otras, y me enseñó a desenvolverme entre dificultades, raro el día que no hubo que improvisar algún apaño o herramienta para solucionar una reparación.
   
   
   Pero eso queridos lectores, como ya sabéis, corresponde a futuros capítulos.



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