sábado, 30 de junio de 2018

Un nombre en la arena

En una cala gaditana,
limpia y virgen esa mañana,


osé para solaz propio
en la arena escribir mi nombre 


mientras el mar, condescendiente,
me dejaba hacer 


y una vez que hube terminado
susurró mirándome de soslayo :


Roche, Cádiz


quita de aquí humano con tu vanidad
eso que hiciste con un movimiento lo voy a borrar
y si no te apartas pronto los pies te voy a mojar.

Y eso fue todo, chi ri bi ri bi po po pom pom

sábado, 19 de mayo de 2018

Cucusemi XIX


Marchando hacia el futuro

Capítulo decimonoveno. El inicio de un nuevo futuro.

Largo viaje el de aquella noche, en aquel viejo vagón de tren que nos conducía a nuestro futuro coincidí con muchos de los que han sido mis mejores amigos desde entonces, pasamos la noche charlando, bromeando y medio durmiendo en posturas difíciles; intentando memorizar los diferentes pueblos donde hacia parada hasta llegar a Alcázar de San Juan donde debíamos cambiar de tren. Llegamos temprano hacia poco que estaba amaneciendo y se nos presentaba una fría mañana de espera, casi seis horas para tomar el tren que venia de Madrid con destino Cádiz.
Con tanto tiempo por delante nos atrevimos a caminar un poco por aquella ciudad pero sin desviarnos de la calle que daba a la estación para no perdernos. No había mucha gente por las calles y desayunamos en el primer bar que vimos, poco mas que un café con leche y un trozo de bizcocho, no recuerdo quien llevaba una cámara de fotos y nos hicimos algunas junto a unas estatuas que representaban a don Quijote y Sancho Panza, figuras típicas de la zona estos personajes de Cervantes.

Casi sin darnos cuenta se hizo el mediodía así que compramos unos bocadillos y volvimos a la estación a esperar con ansia el tren. Este llegó, como era normal en la época, con bastante retraso. Otro tren borreguero pero esta vez más cargado de viajeros lo que sumaba más incomodidad al trayecto, antes que cayera la noche ya no sabíamos como ponernos, un rato sentados, otro de pie en el pasillo y así hasta llegar a San Fernando a primeras horas de la mañana siguiente cansados y contentos por llegar.

Al bajar del tren separamos nuestros caminos por el momento, algunos teníamos familiares que nos esperaban en la estación y otros se buscaron la vida para pasar el día ya que hasta mañana no teníamos que presentarnos en el cuartel.

A mi me esperaban mis tíos y primos que ademas vivían muy cerca, hacia algunos años que no nos veíamos y pasé el resto del domingo con ellos; después de un buen rato entre abrazos, besos, risas y ponernos al día con las cosas de familia, una reconfortante comida y una buena siesta paseamos por el barrio para que conociera las calles principales de la Isla del León, así es como llaman los locales a San Fernando. No parecía un pueblo muy grande: a un lado de la estación la zona militar con los cuarteles, al otro un parque con bares y tiendas de efectos militares en los bajos de los edificios que lo cercaban, al final del parque y dando un zigzag la calle San Rafael que es la calle que todo el mundo tiene que conocer al llegar, por sus tiendas y bares. Y alrededor de todo esto: muchas más calles y barrios que ya vas conociendo con el tiempo a base de andar por el pueblo.

Al día siguiente me levanté tarde, sobre las diez y poco, con mi tío trabajando y mis primos en el colegio pasé la mañana con mi tita Hermi hasta la hora de comer y después, acompañado por mi tío Edu nos dirigimos andando hacia el cuartel.

Centro de Formación de Especialistas, rezaba un cartel con letras doradas sobre el arco de entrada, impresionaba visto por primera vez. Un abrazo y un beso al tito y me dirigí con paso firme hacia el interior con mi bolsa marrón al hombro y la documentación en la mano. 
 
Casi no me da tiempo ni a decir buenas tardes, unos marineros que estaban de guardia tomaron nota de mis documentos y me indicaron que fuese hacia las brigadas siete y ocho al fondo a la derecha, no entendía la mitad de la jerga y mucho menos con el acento típico de los marineros andaluces pero allá fui mirando hacia todos lados menos adelante descubriendo un mundo nuevo en aquel enorme patio rodeado de edificios con unos soportales que daban sombra a las fachadas, unos números en negro marcaban las brigadas así que fue fácil llegar a mi destino.

Destino que os seguiré contando en próximos capítulos.


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domingo, 15 de octubre de 2017

Cucusemi XVIII

 Un paradigma en la vida de Cucusemi.

Capítulo decimoctavo: ...iniciando el gran viaje...


Ya había comenzado el mes de septiembre del año ochenta y uno, el trabajo en los campos y en los almacenes escaseaba pendiente de las cosechas de otoño, lo cual significa que yo estaba en paro y pasaba los días entre haciendo algo de deporte y ayudando a papá con las chapuzas en las casas de la playa.

Un día, casi sin esperarlo llegó una carta de la Marina: había aprobado la primera fase y tenia que presentarme en el Cuartel de San Fernando para las pruebas restantes que serían pruebas físicas y de agilidad. Tenía confianza en pasarlas por lo que casi era seguro que ingresaría en la Marina, mis sueños empiezan a cumplirse: ver mundo, vivir aventuras y ganar un sueldo decente; con el tiempo aprendí que sueldo decente significa más bien bajo pero la ilusión de aquel momento fue inmensa.

Pasé aquella tarde buscando a mis amigos para celebrarlo y lo hicimos tomando cañas y tapas por varios bares del pueblo, merienda-cena a gogó y al día siguiente resaca, pero más contento que un ocho.

Tenía más de un mes para presentarme así que a entrenar todos los días: carrera a diario, trepar por postes, flexiones, algo de natación aunque el agua de la playa ya empezaba a estar fresca. Cumplía de sobra los requisitos mínimos pero aún así intentaba superarme cada día por si acaso, si había aprobado el examen esto tenia que pasarlo con creces y fácilmente.

También tenía que prepararme para el viaje, en Cartagena me dieron lo que llamaban pasaporte, unos papeles que tenia que cambiar en la estación por el billete de tren en dos tramos: el primero hasta Alcázar de San Juan en Ciudad Real y de allí otro hasta San Fernando en Cádiz; más de veinticuatro horas de viaje contando con las seis que había que pasar en la ciudad manchega para hacer el trasbordo de tren.

Equipaje el justo: lo puesto, un par de mudas, algo de dinero para imprevistos, un pequeño transistor a pilas para escuchar alguna emisora de radio y poco más.
Mientras llegaba el día de mi partida fui despidiéndome de la familia y amigos, me corté el pelo pensando que si lo llevaba corto me raparían poco.

Y casi sin darme cuenta llego el día de mi partida, en los últimos días de cuarto menguante de octubre me aferré fuerte a mis sueños como decía la canción de la Electric Light Orchestra tan de moda entonces.

Con mi bolsa marrón que tanto me había acompañado otras veces, papá, mamá y mis hermanas junto a mi en él anden de la estación de Torre Pacheco a las diez de la noche tomé el tren expreso que iba de Cartagena a Madrid, un beso de despedida y diciéndonos adiós con la mano mientras la maquina que me conducía hacia mi futuro arrancaba lentamente entre crujidos y silbidos.

Había visto muchos trenes de niño pero solo por fuera, aparte que ya hacia años que ya no pasaba el ferrocarril por el pueblo, y me impresiono su interior. No por su lujo sino por lo bien aprovechado que tenia el espacio; un estrecho pasillo recorría el vagón, a un lado grandes ventanas que podías abrir subiendo parte del cristal y al otro unos compartimentos con dos asientos enfrentados donde podían sentarse hasta tres personas por banco, encima de estos y casi sin espacio hasta el techo una leja hecha con red permitía dejar el equipaje si era pequeño, otra gran ventana también con cristal de guillotina cerraba el cuarto y para no sufrir los efectos del sol ni miradas indiscretas unas cortinas de lona beige permitían cubrir la ventana y la puerta de entrada. Al principio de cada coche – o al final según se mire – un pequeño aseo con un retrete y un lava manos, de esos que tus necesidades iban directamente a la vía, por eso estaba prohibido usarlo en las estaciones. Al lado contrario del pasillo un espacio con lejas para dejar las maletas que no cogían en el compartimento.

Durante las dos primeras horas de viaje me pareció de lo más cómodo pero después comprendí porque llamaban a estos vagones “el tren borreguero”.

No iban muchos viajeros ese día, la mayoría jóvenes que como yo tenían que presentarse en San Fernando, reconocí algunas caras de entre los que hicimos los primeros exámenes juntos, unos más callados, otros con ganas de juerga, otros parecían expertos ya que habían realizado el trayecto en una o dos ocasiones; con tanto en común por vivir en el futuro enseguida congeniamos e iniciamos una amistad que ha perdurado en el tiempo y la distancia.

Fue el inicio de un gran viaje, muchos kilómetros y muchas horas abriendo la mente y el corazón a lo que pudiera pasar, dejando un hueco a la añoranza de mis seres queridos y aferrándome emocionalmente a mis compañeros que serian mi nueva familia a partir de ahora.


Fue el inicio de una nueva etapa ya que a partir de aquella noche ya nada sería igual y por eso cierro este capitulo aquí, en el próximo habrá más emociones y aventuras.



domingo, 28 de mayo de 2017

Mesa dulce con sabor merengue.

Tiempo de las primeras comuniones y para un niño que adora al Real Madrid que mejor regalo que el estadio de su equipo lleno de golosinas. Hacerlo es fácil y aquí os muestro los pasos principales por si alguien se anima y se atreve a construirse uno.

estadio terminado
 El trabajo consiste en una estructura rectangular realizada con poliestireno o corcho blanco que se trabaja muy bien, por una de sus caras va abierto para poder acceder a los dulces.
estructura básica
En el interior unas cuñas del mismo material refuerzan la estructura y dan soporte a las gradas que serán tres piezas planas forradas con papel de aluminio donde luego se pinchan las chuches.

refuerzos interiores
 Las típicas torres - ascensores las he realizado con espuma de un churro playa, con tiras de goma eva pegadas en espiral se simula la rampa y se corona con unas piezas de las que vienen con las pizzas. 

torres ascensor
También con goma eva se forra el estadio añadiéndole todos los detalles que se quiera y ya está listo para recibir su dulce carga. 
estructura terminada
 Las piezas donde se vayan a colocar las golosinas deben cubrirse con papel de aluminio u otro de cocina para mantener la higiene; las chuches se eligen con los colores más adecuados a la composición que se pretende y se sujetan pinchándolas con palillos (ya los venden especificos para estos usos) 
empezando a poner chuches
Con pasta fondant se hacen las lineas del campo y algunos detalles que le dan calidad al invento.

detalle del campo
 Después solo falta acompañar el fantástico estadio con algunos complementos sobre una mesa que presida el evento y a disfrutar de una dulce fiesta.
a comer....

jueves, 28 de abril de 2016

Cucusemi XVII

Meloneando entre horas

Capítulo decimoséptimo: ...el ultimo verano...

Un día mientras andábamos con la rutina de lavar y empaquetar limones oímos por la radio el famoso intento de golpe de estado del 23F. Pasamos toda la mañana más atentos de las noticias que del trabajo y al mediodía volví a casa bastante acojonado pensando que debía librarme de las revistas que entonces compraba: el jueves, algunas de desnudos que ya ni recuerdo el nombre, el papus... Si el golpe tuviese éxito se convertirían en ediciones prohibidas y no era cosa de tenerlas muy a la vista, por suerte todo quedó en un susto y pronto la recién estrenada democracia siguió adelante.

No se estaba del todo mal en este almacén pero se echaban muchas horas y los jefes eran unos rácanos que te descontaban horas de sueldo en cuanto te dabas la vuelta. Un día uno de los dueños, mientras aparcaba su coche, golpeó mi moto que estaba en un rincón de la nave, el coche no se arañó siquiera pero mi rieju quedó muy maltrecha y el cabrito se negaba a pagarme la reparación. Después de varios días protestando y dándole la vara conseguí que me pagara una parte pero a cambio quería que viniese los domingos a limpiar las oficinas durante una hora que me pagaría a precio de almacén, es decir 125 pesetas; le dije que sí, cogí las dosmil pesetas que me ofrecía por parte del arreglo de la motocicleta y no volví a aparecer por allí nunca más.

Antes que se corriera la voz de que había dejado así el almacén busque trabajo en otro, el que llamábamos “de los Cánovas”. Aparte que estaba mejor organizado pagaban un poco más y mejor y encima ¡me dieron de alta en la seguridad social!
Trabajábamos mayormente melones y el ritmo era similar: descargar camiones echar los frutos en la maquina que los lavaba y recoger los que las mujeres empaquetaban para montar los palés y cargar en camiones otra vez. Solo estuve media temporada pero me fue bien e hice buenas amistades y si me descuido hasta me echo novia entre alguna compañera de trabajo pero, como ni entraba en mis planes y tampoco debía ser para mí, simplemente quedo la cosa en alguna salida nocturna por las discotecas del pueblo, unas veces en la Pagodas otras en la Alkazar; unos bailes, unas risas, diversión adolescente y poco más, que tampoco es lugar ni momento para interiorizar en intimidades.

Ahora que nombro las discotecas ¡que bonitas eran!
La Pagodas, elegante como las buenas discos de entonces tenia una pista cubierta donde ponían música disco y un amplio espacio con sillones donde las parejas hacían manitas, en el patio tenia otra pista al aire libre donde solían poner música mas pachanguera. En ambas pistas había su momento de música lenta: baladas y canciones para enamorados que también servían para romper el hielo y ligar.
La Alkazar, la mejor instalación para mi gusto, tenia dos pistas interiores con música diferente, una de ellas rodeada de barrotes parecía una jaula, la otra pista ademas de ser más grade tenia un pequeño escenario donde de vez en cuando tocaba algún grupo de moda. También tenia un patio donde hacían barbacoa y hamburguesas para reponer fuerzas y junto a la pista pequeña había un reservado con una gran pantalla de video y sillones donde las parejas se refugiaban para sus cosillas.
Y la Búho en un patio con su única pista redonda delimitada por cuatro postes donde se habían enroscado unas parras era un jardín donde se podía beber y bailar hasta la madrugada; con el tiempo se llegaría a convertir en un referente de la marcha nocturna pero por aquel entonces no parecía gran cosa ni que tuviese futuro.
Eran discotecas como debieran ser todas las discotecas del mundo, con sus luces de colores, su bola de espejos y sus barras donde podías tomar cualquier combinado o refresco a buen precio y ademas servían para ligar ya que fuera de las pistas de baile había muchos rincones donde el volumen de la música no estorbaba para conversar. Y cada cierto rato un momento de lentas para animar a los que vienen en solitario. Lastima que de estos locales solo quede el recuerdo, el tiempo y las nuevas modas las hicieron desaparecer de la vista pero no del corazón.

En fin, continuando con mi historia, se acercaba el verano y el trabajo en los almacenes era escaso, ahora se precisaba más personal en los campos así que me incorporé a una cuadrilla de cargadores de camiones, un trabajo duro para mi escaso cuerpo pero se podía ganar en un día casi lo mismo que en el almacén en una semana.
Duro sí pero también divertido, la cuadrilla la formábamos cinco personas: Angel, que era el único adulto, mis amigos Pencho, Sopas, Carlos y yo mismo -Cucusemi para ustedes. Trabajo de sol a sol que consistía en ir al campo correspondiente y llenar y cargar las cajas de frutos recolectados en camiones, cobrábamos cinco mil pesetas por un trailer o camión grande de tres ejes y tres mil por un camión pequeño, de media hacíamos uno o dos camiones grandes al día y a veces hasta tres, si el camión era pequeño solo íbamos dos a la carga aunque a veces nos tocó ir a uno solo. La dinámica era simple, a las seis de la mañana llegábamos a casa de Pepe el encargado de repartir las cuadrillas y nos asignaba el destino, ya estaba programado que el camionero pasase por el pueblo para recogernos, entonces nos acomodábamos entre los cientos de cajas vacías que portaba y partíamos hacia el campo que tocara. Allí descargamos las cajas las llenamos de melones y vuelta a cargar en el camión o camiones si tocaba varios.
La vuelta era más complicada pues casi siempre el camionero nos dejaba a algunos kilómetros del pueblo para no desviarse mucho de su ruta y ese tramo nos tocaba hacerlo andando, por suerte en aquellos tiempos la gente era más confiada y haciendo auto-stop nos ahorrábamos la caminata.

Esta forma de trabajar y viajar nos reportó muchas anécdotas y singulares amistades, un día nos paró un viejo verde más gay que un palomo cojo, como suele decirse, casi nos damos cuenta al verlo conducir medio desnudo con un minúsculo tanga pero para un coche que para no vamos a andar con remilgos, eso sí al que le tocó sentarse delante, y no voy a decir quien fue, acabó con la rodilla más sobada que la barra del metro y con tantos nervios que no atinaba a ponerse el cinturón de seguridad.
- ¡Ay corazón lo que quieres es que te lo ponga yo! -decía el sarasa mientras a los de atrás se nos saltaban las lágrimas de la risa.
No pasó de ahí la cosa pero aún nos desternillamos recordándolo.

Y así pasó aquel verano, entre camiones, campos y melones hasta que llegó septiembre y mi vida empezó a dar el vuelco que yo tanto ansiaba pero eso queridos lectores, ya lo sabéis, es para otro capítulo.





viernes, 29 de enero de 2016

Animalitos del Mar Menor

Paseando por la playa de Los Alcázares puedes encontrarte con muchos personajes típicos:  caminantes, deportistas aficionados y de élite, algún famosillo y una variada fauna.

Hoy os dejo una pequeña muestra de los animalitos más simpáticos que puedes ver, unos solo nos visitan en invierno y otros conviven todo el año en nuestro precioso pueblo.

Picoteando por la orilla en solitario el Archibebe. 

 Las graciosas ardillas corriendo y trepando por las palmeras.

Arenaria Vuelvepiedras, casi siempre en parejas o grupos pequeños.

También solitarios los cangrejos son visibles temprano muy cerca de la orilla.

 Las caracolas bien integradas en su entorno con su lento andar.

Cormoranes, los reyes del invierno volando en bandadas o posados en las piedras con sus alas desplegadas buscando cada rayo de sol son los más madrugadores, conforme avanza la mañana son más difíciles de ver.

 Garzas comunes, elegancia a cada paso.

 También alguna garza real se deja ver de vez en cuando

 No pueden faltar las gaviotas presentes todo el año

 Gorriones, perennes residentes

 Denostadas medusas tan preciosas como peligrosas si las tocas.

 Patos silvestres que nos visitan en los meses más fríos.

 El pez aguja, cada vez más difícil de observar por su escasez.

 Tórtolas que buscan cualquier grano para desayunar.

 Y el rey del camuflaje, este pez que nosotros llamamos zorro.


Esto solo es una pequeña exposición, dentro de poco la ampliare con más ejemplares.

jueves, 29 de octubre de 2015

Cucusemi XVI

La estrategia del pasado mañana

Capítulo décimo sexto: preparando el futuro.


Una vez dejado el taller ya no valían escusas, tenia que hacer dinero y estudiar si quería presentarme a la Marina. Lo primero: trabajar. Y empecé por un local cercano a casa donde se preparaban ramos de espigas secas para enviarlos al tinte que después se usarían en floristerías.


No parecía un trabajo complicado: separar las espigas por tamaños, limpiar el tallo de hojas y agruparlas en ramilletes de diez unidades sin romper ninguna. Pero era una tarea sucia y mal pagada, las briznas se metían por la ropa y te producían continuos picores; pagaban a dos pesetas el ramo y trabajando a buen ritmo podías sacar hasta doscientas pesetas al día, mucho menos que en el campo o los almacenes de fruta, quizá por eso la plantilla era muy cambiante y yo no tardé más de dos meses en cambiar de sitio. 
 

De las flores secas pasé a un almacén de procesado de naranjas y limones, trabajo más duro pero mejor pagado. A mí por ser joven y en teoría aprendiz me daban el sueldo de las mujeres, 125 pesetas la hora, pero eso estaba asumido por todos en aquella época y no era un problema, todos trabajábamos lo mismo pero los hombres cobraban veinticinco pesetas más a la hora. Y por supuesto sin seguro, solo si tenias un accidente te hacían contrato con fecha del día anterior.


Comenzábamos a las ocho de la mañana aunque yo llegaba a las siete para ayudar a Paco el encargado a guardar los perros y limpiar todas las cacas que estos habían dejado, no me pagaban más por ello pero a cambio podía coger las frutas que quisiera para llevarme a casa ya que no me veía nadie, eran dos perros de tamaño medio: Sultán que de lejos parecía un pastor alemán y Chispa una hembra negra como el carbón, mezclas de siete razas y con la única habilidad de ensuciar de una manera increíble, por la noche quedaban sueltos por el interior haciendo de vigilantes y cuando llegábamos los trabajadores se ataban en el exterior junto a un sombraje hecho para ellos; yo me encargaba de ponerles agua y comida, mayormente sobras que aportaban entre todos a lo mejor por eso me querían tanto, y aunque eran incapaces de morder a nadie montaban un escándalo ladrando terrible y como cagaban los muy…


Ademas me encargaba de limpiar las maquinas al cierre, que no tenia hora fija, unas veces terminábamos temprano sobre las ocho de la tarde y otras había que sacar los palés para la carga de un camión y no era raro terminar bien entrada la noche.


Y la rutina diaria, volcar las cajas de frutas en la maquina que las limpiaba, abrillantaba y separaba por tamaños, las mujeres las empaquetaban en cajas de madera y pasaban a una cinta de transporte donde las recogíamos y colocábamos sobre palés para su carga en camiones; cuatro adolescentes nos turnábamos en este trabajo mientras los mayores se encargaban de la carga y descarga con las fenwic.


Cuando el trabajo en el almacén era más escaso me iba con las cuadrillas de recolección, seis o siete hombres acurrucados en la caja de un camión hasta el campo donde cogíamos una a una cada pieza de fruta del árbol, ahí desarrollé cierta habilidad para encaramarme entre las ramas de los naranjos y limoneros para coger las piezas más altas. También aprendí a tomar nota de todas las horas trabajadas pues los jefes tenían la rácana costumbre de no sumar alguna diaria y a la hora de cobrar la quincena siempre faltaban tres o cuatro horas del salario.


Se ganaba dinero a base de muchas horas de trabajo pero iba por temporadas y no duraba más de dos meses, en cuanto pasaba la temporada de una fruta había que cambiar de almacén y eso hice cuando llegó el momento.



Entre fruta y campo aun quedaban ratos libres, después de las comidas, por la noche antes de dormir y los domingos; estos ratos los aprovechaba para estudiar algo con vista a presentarme a la Marina, no tenía mucha base en que apoyar mi estudio pero sabia que el examen de ingreso consistía en varios test de cultura general y rapidez mental así que me hice con una buen surtido de revistas de crucigramas y leía cualquier cosa que cayese en mis manos lo mismo daba un libro que una novela de bolsillo, un periódico o un prospecto, todo vale para aprender a leer con rapidez y conocer las palabras con sus tildes, sus haches y por absurda que parezca siempre tiene referencias históricas o geográficas que se quedan en la cabeza; para matemáticas y física repasaba mis libros de octavo de EGB a los que tan poco caso hice en su día. Las pruebas físicas no me preocupaban pues tenia agilidad y buena forma, esperaba poder superarlas sin problema. No parece un buen plan de estudios pero ni tenia tiempo para empezar otro mejor, ni dinero para pagarme clases particulares.



Y llegó el día del examen allá por el mes de febrero, así que después de madrugar y tomar un desayuno cogí el autobús destino a Cartagena, al Cuartel de Instrucción donde eran las pruebas. Allí coincidimos un nutrido surtido de jóvenes con tantos orígenes y motivaciones diferentes que se necesitarían varios libros para describirlos, desde universitarios que no avanzaban en su carrera hasta casi ignorantes como yo cada uno con sus propios temores e ilusiones.


Cuarenta muchachos, cuarenta pupitres, cuarenta lapices y otros tantos folletos de examen con su correspondiente hoja de respuestas formábamos cada grupo y nos pusimos manos, y mente, a la obra.



-Lean con atención las preguntas, marquen la respuesta en la hojilla, si tienen  alguna duda levanten la mano, a quien se pille copiando será expulsado del aula y no contara su ejercicio para la nota. Tienen dos horas para terminar.



Esta letanía la repetia al comienzo de cada prueba uno los jueces, con voz automática y casi sin emoción, como si no le importara.



- ¿Alguna pregunta? ¡Pueden empezar!



Primera prueba: test de agilidad mental, que número sigue en la serie, que ficha de dominó falta etc. y así hasta cien preguntas. A los veinte minutos ya había terminado, entregue mi hoja y a esperar. Siguieron el resto de exámenes, matemáticas, cultura general, gramática y ortografía. Dos por la mañana y otros dos por la tarde, hasta me dio tiempo a coger el bus de vuelta a casa antes de cenar. Mañana sería el turno del reconocimiento medico y las pruebas físicas.




Al día siguiente la primera sorpresa, las pruebas físicas solo las tendrán que hacer los que aprueben los test. Así que todos al hospital de Marina a reconocimiento medico.


Más de cien muchachos en cola pasamos por una serie de consultas donde entre unos cuantos médicos militares y algunas monjas enfermeras nos hicieron radiografías y controles a toda prisa, una muestra de orina, otra de sangre, comprobar que no teníamos los pies planos y ya está.



- Pueden irse a casa, ya recibirán una carta con los resultados de su oposición.



Bueno, ahora toca ir para casa a seguir trabajando y a esperar.




Tiempo después llegaron los resultados pero de ellos ya hablaré en su capitulo correspondiente pues hasta entonces todavía ocurrieron muchas cosas interesantes.